lunes, 9 de marzo de 2015
De escritura
El suplemento dominical La Soldadera, de El Sol de Zacatecas ha publicado unos textos míos en el marco del día de la mujer. Aquí los comparto.
http://issuu.com/cidpublicaciones/docs/la_soldadera_18
viernes, 2 de enero de 2015
De algunas de las cosas que tomé por buenas el año pasado y de lo que resultó de ello
Tengo una atracción desmesurada por la manera en que titulaban antiguamente. El viajero y cronista Alexander O. Exquemelin, en su libro Piratas de la América y luz a la defensa de las costas de las Indias Occidentales (1681)(1) titula uno de sus apartados: “Descripción de la isla de la Tortuga, de sus frutos y árboles, y de qué manera poblaron allí los franceses dos veces, y fueron echados los españoles de ella, y cómo el autor de este libro fue en ella vendido en dos ocasiones”. Se trata de un título que no alude a ningún tema, sino, literal, es un resumen del contenido.
En Ensayos(2), de Michel de Montaigne, publicado en 1580, hay otros, menos largos, pero igual de encantadores: “De cómo el alma descarga sus pasiones en objetos falsos cuando los verdaderos viénenle a faltar”, aunque a veces pueden ser simples como: “De la tristeza” u otros estupendos como: “De cómo lloramos y reímos por una misma cosa”. Esto emula García Márquez, ya en el siglo XX, con La increíble y triste historia de la Cándida Eréndida y su abuela desalmada. No pondré más ejemplos porque me llevaría páginas enteras, y ahora los lectores, dicen, quieren concisión y brevedad. Y lo siento, pero a mí más bien se me da la digresión, el circunloquio y el zigzagueo, es decir, que me desvío del tema principal a la menor provocación, por eso me es tan entrañable Montaigne, y el ensayo como género. No el ensayo académico, no el literario que analiza una obra o un autor, sino el ensayo como eso, como ensayo de las ideas.
Por dicha atracción he titulado este texto-ensayo-comoquieranllamarlo así de largo y de difuso. Y que bien podría haberse llamado “De cómo dejé mi trabajo y qué pienso de ello” o “De quien se hace llamar artista y de quien lo consigue” o “De cómo ahora disfruto de mi tiempo libre” u otro que se le ocurra a quien termine de leerlo.
Así pues. Ya no quise trabajar en un museo. El museo no tenía la culpa, digo, nadie tenía la culpa, porque de entrada “culpa” es una palabra horrible, pero yo no tenía qué hacer ahí. Por poco me convencen de los bonos, el seguro médico, las prestaciones y el aguinaldo. Por poco me persuaden los comentarios de quienes dijeron que es el trabajo que muchos querrían tener. Y tal vez tuvieran razón, es decir, que es un buen empleo, pero no era bueno para mí porque entraba temprano y salía hasta que ya se había metido el sol, porque a veces trabajaba en fines de semana, porque no me quedaba tiempo para hacer otras cosas, porque, entre otros muchos detalles, tenía un compañero que creía ser mi jefe y nunca entendió que no lo era y, en resumen, porque es un puesto que no tiene relación con la literatura ni con los libros(3).
Algo me parecía triste: como en otros empleos relacionados con la cultura, estaban quienes hubieran querido ser artistas. Y me he dado cuenta de que hay distintos “artistas”, quienes lo son por su labor creativa y estilo y perspectiva y luego, su trayectoria, y otros que también llegan a serlo porque son personas muy necias y aferradas que se autoconvencen de que lo son o lo serán, y que ese es su trabajo en el mundo. Están, por otra parte, los que no llegan a serlo porque titubean y demasiado les preocupa si podrán sobrevivir como “artistas”, o quizá, también, son quienes tienen la creatividad suficiente pero les resulta más cómodo tener un sueldito cada quincena en la tarjeta. Y si finalmente cada uno aceptara que será o no artista ¡pues no habría problema!, pero quienes sólo lo desean, muy en el fondo de sí, guardan mucha frustración frente a quien logra colgarse la etiqueta de “artista”, porque suelen ser quienes deben ayudar a que el trabajo artístico sea exhibido o difundido.
Lo entiendo perfectamente porque también me ha pasado; ya que me he propuesto ser sincera, contaré que, por ejemplo, muchas veces he tenido que corregir textos de quien se dice escritor, investigador, etc., que no lo son por oficio, sino porque tienen los medios económicos para figurar, y porque tienen la temeridad de autonombrarse “escritor”, “investigador”, etc. Y para mí ha sido realmente desgastante dedicar tantas horas de mi tiempo para pulir y enderezar las palabras de otros(4). Me cuesta sobre todo con quien escribe muy mal(5), porque es un trabajo agotador que requiere de horas-vista, lo que significa que quedo tan cansada de los ojos que luego no puedo leer algo que dejé pendiente en mi buró para antes de dormir.
Este año, en la corrección de un texto (omitiré toda referencia), su autor me dijo: “Lo que haría yo si tuviera tu edad, tu formación literaria, todo lo que podría escribir. Yo comencé muy grande a escribir, pero ahora lo hago todos los días y dedico por lo menos 4 horas diarias a ello”. No olvido estas palabras porque sólo confirman algo que sé muy bien, y que se ha quedado en el plano de las cosas sabidas que no habían hasta entonces repercutido en mis decisiones. ¿Quién me dijo a mí que sólo podía editar libros?, ¿quién me dijo que mi escritura podría esperar más tiempo?, ¿quién me ha hecho creer que debo aceptar todos los trabajos de corrección por más impracticables que sean (y a veces hasta mal pagados)? Hay una pequeña (o gran) dictadora en mí misma. He sido mi propio verdugo.
Este 2014, pues, decidí que ya no quería trabajar en algo lejano a lo mío, que quería mañanas libres en las que pudiera tomar el sol, leer, escribir o salir a desayunar, que necesitaba un trabajo en el que pudiera hacer eso y en el que estuviera contenta. Y creo que he tenido mucha suerte, porque no cualquiera puede lanzarse a la aventura de dejar su empleo a ver qué sucede. En parte porque la gente acumula deudas y no se imagina sin su depósito quincenal. Y también sé por qué, durante mucho tiempo, acepté correcciones infames; desde hace años pago mis propias cuentas y cuando estás en esa posición no puedes darte el lujo de decir que no a un trabajo: los recibos te esperan en casa. Tal vez si hubiera crecido en otras condiciones me habría propuesto escribir y tener un libro publicado desde los 20 años (como Ben Brooks, que a sus 22 tiene siete buenas novelas publicadas y me deprime sólo pensarlo), o tal vez no hubiera hecho nada porque habría sido todo muy cómodo. Pero esas son experiencias ante las que no puedo hacer nada ahora, y de alguna forma las agradezco porque aprendí a ser autosuficiente e independiente desde muy joven.
Siguen sorprendiéndome las personas con exceso de autoconfianza que, aun cuando no saben escribir bien o no han publicado algo relevante, mandan a hacer tarjetitas de presentación en las que bajo su nombre aparece la consigna de “escritor” (por poner un ejemplo en el caso de la escritura, supongo que los hay en todas las áreas artísticas). Me sorprende porque muchas veces son personas que no escriben, pero que tienen el deseo de hacerlo, y entre si lo logran o no, se presentan como tales, como si a fuerza de repetición y de correr la voz se consiguieran un título.
Lo que he dicho en ocasiones a mis alumnos de literatura es que sí, es importante creérselo porque es posible que estas personas, bastante tenaces y aferradas, lo logren con el tiempo, porque serán (quizá) igual de aferrados para sentarse todos los días a escribir e irán mejorando; mientras que algunos atildados con la creatividad de su lado serán absorbidos por la cotidianidad, por el trabajo, y terminarán creyendo que es la única opción en su mundo posible: ser un empleado de ocho horas diarias. El deseo, pues, se aletarga y adormece cuando el sueldo permite comprarse una casa, un coche, una pantalla gigante y hacer un viaje al año.
Yo estuve, en diferentes ocasiones, a punto de ser absorbida por el hoyo negro del confort; y no me refiero a que ahora me guste batallar, a nadie le gusta batallar, me refiero a preferir quedarse en donde hay cierta seguridad económica sin intentar hacer lo que se quiere hacer; finalmente, la vida es una, una nada más. No quiero ofender a nadie, supongo que hay gente a la que le va muy bien vivir una rutina y tener aunque sea una seguridad en este mundo de incertidumbres. Pero a mí me estaba matando la duda.
De tanto en tanto vuelvo a un libro que leí hace años: Utopía, de Tomás Moro. He vuelto a él porque desde entonces me maravilló la forma en que se describe el trabajo en aquella isla que no ha tenido lugar. Todos los ciudadanos aprenden agricultura y tienen derecho a elegir otros oficios, según sus gustos y habilidades y las necesidades colectivas. La jornada laboral es de seis horas, que son las suficientes para proveer a la comunidad de lo indispensable. De las horas que les restan del día, ocho son para dormir y las demás son libres aunque propicias para realizar actividades que desarrollen la creatividad y la inteligencia, como las artes y la ciencias.
¿Cuántas horas de terapia nos ahorraríamos si tuviéramos tiempo de ocio?, ¿cuánto estrés se aliviaría si tuviéramos como derecho tomar clases de literatura, música, pintura, escultura, danza, e incluso otras actividades que a menudo asociamos con la jubilación: tai chi, tejido, cocina, ajedrez?, ¿cuánto bien haría a la gente salir a caminar un rato por las mañanas? No lo sé, pero a mí el tiempo de ocio me está cayendo de lujo. Mi cuello se contractura menos, mi estómago dejó de sufrir tanto, los dolores de cabeza van siendo más esporádicos y he vuelto a dormir. Deseo lo indispensable, y lo que me hace sonreír últimamente guarda poca relación con la lógica esclavizante del dinero.
Ojalá que mañana no me digan que padezco una enfermedad terminal y entonces tenga que retractarme de lo aquí escrito y arrepentirme de haber rechazado el seguro de gastos médicos. De todos modos, siempre queda el suicidio como opción, aunque en caso de enfermedad terminal se llama eutanasia; entonces anhelaré que pronto en México sea legal.
1 Exquemelín, Alexander O., Piratas de la América, Edición y prólogo de Manuel Sol, CONACULTA, 2012
2 Montaigne, Michel de, Ensayos I, Edición de Dolores Picazo y Almudena Montojo, REI, 1993
3 A excepción de lo que pude escribir en el blog del museo (www.museoarocena.com/blog), y que hubiera podido hacer todo el tiempo, por ejemplo, si alguien no quería escribir su nota yo habría podido escribir notas anónimas.
4 No se piense que sólo he corregido textos como los que describo. Acepto con gusto un oficio que he aprendido a querer, y sobre todo, acepto editar libros en los que se me permite meter mi cuchara para que queden mejor, acepto también los de contenido disfrutable y, por supuesto, los que pagan decentemente.
5 Más de uno se estará preguntando a quién me refiero, pues he editado los textos de un gran número de autores locales en distintos proyectos, pero no es personal. Si supieran que en mis tiempos más austeros redacté, con ayuda de otra persona, hasta una tesis de maestría en Derecho. Lo cual es una aberración por el hecho de que alguien más se tituló con esa tesis, pero llega a enorgullecerme en algún sentido porque nunca tomé una sola clase de derecho.
miércoles, 10 de diciembre de 2014
Tomás ha muerto
Tomás ha muerto. Es por eso que pretendo ahora contar parte de su
historia, de su historia conmigo.
Me has preguntado que cómo lo conocí, qué cómo lo
traje a vivir a mi casa, y todo lo que tú sabes, aunque lo que conoces y has
visto ha sido una historia desordenada a la que has hecho juicios, a mi ver,
injustificados, pues nunca sentiste simpatía por él. Tendría que explicarte
cómo fueron sucediendo las cosas entre él y yo para que quizá puedas comprender
lo que realmente sucedió. Sí, explicarte de otra forma a la que ya sabes.
No recuerdo bien dónde y cuándo lo conocí, es
decir, tal vez entre mis recuerdos se encuentran aromas y colores, pero no
nombres ni fechas. Sé de cierto, que nos cruzamos de frente en una calle; yo
entonces iba sumergida en unos pensamientos frágiles, de esos que van saltando
de un borde a otro, cuidándose del precipicio que hay en medio, y justo cuando
uno de mis pensamientos intentaba saltar sobre otro me topé con su mirada. Debo
admitir que me tomó por sorpresa, tanto que perdí la concentración que ya había
ganado después de caminar y caminar durante un rato. Sin embargo, el cruce de
miradas duró un par de segundos y seguí de largo.
No recuerdo cuánto más había caminado cuando
advertí que me seguía; sus pasos no se habían escuchado detrás de mí, pero él
pasó por un camino de yerba seca que yo esquivé y fue cuando escuché un pequeño
crujir. No volteé, pero estaba segura que él se había dado cuenta de que yo
sabía que iba siguiéndome. No sentí miedo, eso lo recuerdo bien, dejé que
continuara como si fuera un juego entre ambos. Aunque ahora que lo pienso, no
podría asegurar del todo si en el fondo un poco de miedo se coló en mí, y
terminó por mezclarse con curiosidad.
Caminé hacia mi casa. Frente a la puerta me detuve
a buscar la llave y entonces escuché por primera vez su voz, un murmullo que no
entendí. Paralizada esperé. Se acercó despacio hasta quedar de frente y yo le
lancé una de mis miradas más profundas, él inclinó un poco su cabeza hacia la
derecha y me sostuvo la vista también, como entendiendo que a partir de ahí el
resto se trataría de comprendernos en silencio.
Sí, lo dejé entrar, y ya sé que me dirás que fue
precipitado, que suelo actuar así, que a veces no pienso, pero la verdad es que
fue una intuición, una percepción inmediata. Me dirás, también, y casi puedo
escucharte, que pude haber actuado de esa manera porque entonces me sentía
sola, pero no, yo ya te he hablado de que la gente confunde tristeza y soledad
con melancolía.
Lo dejé entrar, le invité algo de beber y después
estuvimos sentados en la sala. Le hice saber desde entonces que esa sería su
casa también. Él parecía a gusto. Había entre los dos un silencio confortable.
Esa noche Tomás se quedó en mi casa, ¿qué cómo sucedió? No lo sé, y temo dar
una respuesta que dé una idea equivocada, sólo me sentí muy a gusto con su
presencia.
Sé que los detalles te aburren, pero recuerdo que
salíamos al jardín (¿en realidad debo decir que yo salía al jardín y él siempre
iba con pasos silenciosos detrás de mí?) y como parte de mi ritual cotidiano de
cada tercer día, abría la llave y me quedaba viendo unos segundos cómo llegaba
el agua hasta la punta de la manguera y cómo la tierra suelta comenzaba a
oscurecerse, cómo el agua iba haciendo pequeños canales buscando expandirse y
era hasta que el olor a tierra mojada invadía el jardín que yo me sentaba en
una cómoda silla playera para leer. Tomás se quedaba viendo el agua, aun
después de que yo ya estaba leyendo, pero sin mojarse, sin acercarse demasiado.
Observaba fijamente el correr del agua entre el pasto y las plantas, solía
distraerse fácilmente con un bicho o seguir con la mirada a los mosquitos y
después caminar hacia mí y acomodarse en una silla idéntica, contigua a la mía,
luego dormitaba un rato sentado, no volvía a abrir los ojos hasta que yo me
levantaba a mover la manguera o a cerrarla, y entraba a la casa del mismo modo
que habíamos salido.
Me acostumbré demasiado
a él, a su silenciosa compañía, porque entonces yo podía hablar y hablar y
tener la impresión de que hablaba con alguien aunque supiera que él sólo
escuchaba. Incluso podía llegar a asimilar que él ni siquiera me estaba
escuchando, pero fue quien desencadenó que cada vez hablara y me contestara yo
misma, que hiciera una recuento de historias del pasado y que en cada recuento
acomodara sutilmente las palabras como acomodar latas en la alacena, tal y como
quería que se fueran fijando en mis recuerdos. Así, como te hablo a ti ahora.
No siempre se quedaba
conmigo. Algunas veces tardaba varios días en regresar. Y yo, la verdad, le
dejaba la puerta de la cocina abierta, por si volvía. Cuando regresaba no le
pedía explicaciones, lo abrazaba cálidamente y le hacía saber que esa seguía
siendo su casa. Y sí, has de pensar que qué loca y que sola estaba. Sí lo
estaba, sí lo estoy, porque además, si quieres que te cuente de nuevo ese
episodio, si quieres que vuelva a narrarlo buscando las palabras exactas, o no,
buscando las palabras más adecuadas, las que se vayan acomodando mejor cada
vez, te digo que una ocasión volvió en la madrugada, todo golpeado. No se
quejaba, no le pregunté quién ni cómo. Salí de inmediato a buscar medicamentos
y alicientes para sus golpes y regresé a curarlo. Estuvo varios días en cama,
casi no comía. Yo aproveché para quedarme junto a él, para contarle otras
historias, unas vividas, otras inventadas. Él como siempre, me veía, me
proporcionaba una quietud que no se puede comparar con nada.
Pensé que se aliviaría, y así fue. Comenzó a comer
un poco. Regresó su buen humor y sus miradas tiernas. Todavía salimos al parque
unas cuantas ocasiones más, como aquella primera vez, yo fingiendo que él no
iba, él haciendo unas pausas detrás de mí, sin alcanzarme totalmente, pero
sabiendo que andaba detrás.
Luego llegó ese día. No apareció en la mañana, ni
en la tarde, ni los siguientes dos días. Pero esta vez sabía, lo sabía. Salí a
buscarlo. Nunca antes lo había hecho. Recorrí calles, le gritaba. La gente
lanzaba esa mirada a la que ya me he acostumbrado, desde que éramos chicas,
recuerdas, cuando mi madre me decía que dejara de hablar sola, pero yo te veía
y tú me sonreías y me decías con que no dijera nada, que ellos no entendían.
Lo
encontré en un callejón, en el suelo, sin movimiento. Yo lo sabía, esperé a que
anocheciera, lo cargué hasta la casa. Y luego tú me acompañaste a enterrarlo en
el jardín. No lloré, yo ya no lloro desde hace mucho. Pero sigo dejando abierta
la puerta de la cocina.
domingo, 23 de noviembre de 2014
Duermes más cuando estás triste...
Llueve afuera. Llueve adentro.
Ella recuerda una noche en la que primero no llovía.
Alguien llamó al teléfono. Ese amor, mantenido hasta entonces como un
eco a la distancia. Una voz. Una pregunta.
Ella sale a la calle.
Él se impacienta, se levanta de la cama y la sigue; ha notado su
inquietud.
Ella balbucea, un sí, un no, un estoy bien, pero…
El que se ha levantado de la cama pregunta quién llama.
Ella camina sin responder y sin colgar. La voz advierte el peligro.
Silencio en el auricular. Ella vuelve sus pasos más largos. Quiere mantener la
voz…o el silencio. La respiración a distancia también es lenguaje.
Él la alcanza. La observa con una mirada desconocida.
Ella se despide. No sólo por el auricular, también de quien tiene
enfrente. Ha llegado el momento de confesar sin palabras. De narrar el último
viaje con un silencio largo. Un amor. Una voz. Un placer que no puede
nombrarse, que cala porque es ausencia.
Él la agita de los hombros. Necesita que hable.
No hablará. Esa historia es lo único que le pertenece.
Él le pide que vuelvan a casa. Ella mueve la cabeza con una negativa.
Debe caminar. Comienza a llover. Una lluvia menudita que parece que no moja.
Ella vuelve a andar. Ahora a pasos cortos.
Él la sigue sin hablar. En ese momento las palabras no tienen
resonancia.
Luego de un rato él se desespera. Quisiera golpearla. Se contiene. Ella
parece notarlo y retoma el rumbo a casa.
Al llegar, ella toma una almohada y se tira en el sofá. Se acerca una
sábana. No se cambia de ropa. Tiene frío.
Ambos están mojados.
Él no podrá dormir. De ahora en adelante no podrá dormir.
Muy pronto ella entra en un sueño profundo, donde una voz a lo lejos la
espera. Una mirada quieta la tranquiliza.
Pero él sigue sin dormir, y no permitirá que ella duerma en paz. Prende
la luz. Jala la sábana que la cobija.
Ella despierta, vuelve a taparse y se cubre la cara.
Él apaga la luz. Enciende nuevamente. Jala la sábana, la toma en los
brazos, la levanta a la fuerza. Ella intenta despabilarse del sueño. Él le
suelta un golpe que la empuja hacia el sofá.
No dice nada. Ninguno dice nada. Él murmura “puta” por lo bajo.
Ella sonríe mientras se soba la mejilla que pronto se hinchará. Ella
murmura o imagina que murmura “no soy puta, y lo sabes, pero tú has sido un
hijodeputa, y lo sabes”.
Él parece adivinarlo; se enciende y levanta la mano, con un coraje que
cada vez es menos contenible. Ella lo mira a los ojos y gira un poco el rostro
para que le pegue en la otra mejilla.
Él llora. Ella lo llama cobarde.
Él llora más fuerte, como un niño.
Ella le regresa el golpe. Le dice o cree decirle: “no diré ‘lo siento’,
no tengo por qué, tú lo has hecho otras veces, porque sí, en secreto”.
Él apaga y prende la luz. Apaga y prende la luz. Como en una regresión a
su infancia. Llora.
martes, 14 de octubre de 2014
Siniestro
¿qué hacer con un sistemas de músculos,
nervios y huesos
que se ha vuelto confuso y no encuentra el orden:
cuando el pensamiento no importa y la piel y la forma
reclaman su
presencia urgente: cuando lo que hay que resolver
es cómo colocar los
brazos al dormir?”
Angelina Muñiz-Hubberman
Supongo que la gente común sabe y siente
que los brazos son extensiones de sí. Pero yo tengo la certeza de que mi
brazo izquierdo se equivocó de cuerpo. Mi brazo derecho se amolda
perfectamente a mí, de pie, en la cama, en el sillón, pero el otro no.
Si lo dejo hacia abajo al dormir, con la mano junto al muslo, se
adormece y despierto con el brazo acalambrado. Si duermo con el brazo
hacia arriba, debajo de la almohada, llega un momento en que mi cabeza
queda encima y me duele más. Como que este brazo izquierdo no es mío.
Las más de las veces se niega a hacer lo que le pido. Será porque es el
siniestro, y siniestras son sus motivaciones. No será de extrañar, pues,
cuando lean la nota en el periódico: “Extraño caso de suicidio: mujer
se asfixia con su propia mano”.
domingo, 5 de octubre de 2014
La hormiga insurrecta/ Romina Inzunza
¿Qué sería de mi vida si dejara al grupo, si estuviera en
desacuerdo con trabajar todo el día para dar de comer a la reina, si quisiera
ser libre?
La
hormiga insurrecta
La hormiga sanciona moralmente a la cigarra porque en el fondo
desea ser como ella. Desearía aprender a despreocuparse por el mañana.
Ser cigarra no es solamente dejar de trabajar y cantar todo el
día. Es practicar la libertad. Habrá hormigas que por más que canten no podrán
disfrutarlo.
–Ser libre pesa más que no serlo –dice una cigarra. Las cigarras
son solitarias. Las hormigas siempre van en grupo.
Si una hormiga decide dejar su sociedad monárquica por lo menos
sabe trabajar. Si a una hormiga reina la abandonan todas las hormigas obreras
se enfrentará al desempleo. En ningún lado hay vacantes de reina.
¿Por qué es tan difícil que las hormigas se organicen, si son la
mayoría?
Ser una cigarra atrapada en el cuerpo de una hormiga.
La pequeña hormiga adolescente encontró un libro que habla de
jornadas laborales de seis horas, de tiempo libre, de clases prácticas de artes
para todos, de paseos sin reloj, de aprender otros oficios. Ahora comienza a
odiar su vida. Ve a sus compañeras, afanosas, y odia el libro porque le
descubrió otra posibilidad: la de cuestionarse.
La hormiga insurrecta ahora se toma unos minutos de descanso; en
ellos le gusta sólo ver pasar el tiempo, contemplar el paisaje. Desearía que
sus compañeras estuvieran en la misma situación, que hicieran un alto, que
tomaran una pequeña siesta, sin sentirse culpables. Pero las otras hormigas
comienzan a verla con desaprobación.
La pequeña hormiga joven ya no tiene miedo, pero no sabe qué
hacer, no sabe qué sigue. Ahora conoce la angustia, la angustia del que es
libre.
La hormiga joven decide enfrentar lo que venga. A veces quisiera
matar a la reina, así liberaría a todas sus compañeras, pero sabe que ellas no
quieren ser liberadas.
Lecturas
de una hormiga que despierta
Después de leer a Augusto Monterroso, la hormiga escribió:
Y cuando despertó seguía siendo hormiga. Ser cigarra había sido
un sueño.
A la hormiga insurrecta le gustaría poder decir: “Preferiría no
hacerlo”, como Bartleby. También le gustaría tener una opción que la consuele,
y no morir de inanición, como Bartleby. (Después de leer a Herman Melville)
La primera forma de
la esperanza (de una hormiga) es el miedo, el primer semblante de lo nuevo, el
espanto. (Leyendo a H. Muller)
sábado, 5 de julio de 2014
Retrato esperpento: G latina: Palabracadabra ediciones: Lacolz
Un viernes 27 de junio:
Estamos presentando el libro de Eduardo del
Castillo, mejor dicho de Edgar González, mejor dicho de Lacolz, una novela, o
mejor dicho, una nivola. Pero también estamos presentando el primer libro de la
colección g latina, y el primer libro también de Palabracadabra ediciones.
Muchos aquí ya conocen
o han oído hablar de Palabracadabra, sobre todo del fanzine literario. Un
proyecto en el que hemos trabajado a lo largo de varios años, que comenzó por
allá del 2006 y luego estuvo varios años sin aparecer, hasta el 2010, con un
nuevo equipo de colaboradores, diseñadores, correctores y editores sacamos el
número 2 y después los siguientes.
Un proyecto
editorial siempre es difícil de mantener, tanto económicamente como
anímicamente, porque implica muchas horas de trabajo, mucha satisfacción con
los autores e ilustradores que participan y con todos los que nos leen, pero
también mucho cansancio y en los primeros números poca ganancia (todavía vamos
en los primeros números).
Pese a todos los
pronósticos, tenemos ahora 4 años con la misma idea: publicar textos frescos,
juguetones, aunque con su dosis de inconformidad, de insatisfacción, pero
también propositivos, sea en la forma o en el contenido, experimentales desde
el lenguaje o desde su misma estructura. Dirigido a los jóvenes y los no tanto,
es decir, a los jóvenes de pensamiento.
Una de las partes
más divertidas es que elegimos los textos que más nos gustan y que creemos que
a otros lectores agradarán también. Hace varios números que abrimos una
convocatoria en redes sociales, cada vez nos llegan textos y gráficos de más
lejos, y cada vez más nos conocen y nos piden ejemplares de lugares que ni
imaginábamos, en fin, creemos que todo va viento en popa con el fanzine. Pero esta no es una presentación del fanzine,
sino el antecedente para lo que realmente quiero comentar.
A los que
conformamos el equipo de Palabracadabra digamos que se nos facilita bastante
complicarnos la vida. Cada vez que nos embarcamos con algo que sabemos que
implica mucho trabajo y terminamos muy cansados y sin ganas de vernos en muchos
días decimos que no hay que volver a hacerlo, que para qué tanto desgaste, que
para qué tanto desvelo, y a veces hasta prometemos recordarnos unos a otros que
la próxima vez que se nos ocurra algo así diremos que no, porque los proyectos
editoriales necesitan de tiempo, de paciencia, de dinero, y ninguno de nosotros
tiene tiempo, paciencia o dinero de sobra.
Pero por alguna
razón siempre volvemos a recaer, como rehabilitados que dicen: “ésta si es la
última, es la despedida”, aunque estamos seguros de que pronto surgirá algo más
descabellado. Y sólo nos reímos cuando alguno se acuerda y dice: “¿qué no
prometimos que no volveríamos a hacerlo así?” Pues bien, la única razón que se
me ocurre es que de verdad es algo que se nos da con facilidad, como inherente
a nosotros mismos y creo que en parte por ello seguimos juntos en el proyecto:
He aquí un diálogo
de cómo sucede:
–¿Y si la novela que escribí con el apoyo de
la beca del PECDA la editamos desde Palabracadabra?
–¿Pero que no te dijeron que con que repartieras
unas cuantas copias e hicieras una presentación sencilla era suficiente para ya
cerrar el proyecto?
–Sí, pero ¿y si aprovechamos que ya está
escrita para comenzar la colección que habíamos platicado?
–¿Y cuánto tiempo tendríamos para revisarla,
editarla e imprimirla?
–Pues como dos semanas.
–Sí, yo creo que sí se puede, tenemos mucho
trabajo pero sí se arma.
–¿Y en dónde la presentamos?
–Pues que sea en un lugar que no tenga nada
qué ver con presentaciones de libros?
–Ay, pues en julio se antoja una alberca, una
fiesta playera (bromeando).
–¿Y qué vamos a tomar?, ¿y qué música va a
haber?
–¿Y si le decimos a Máscara que haga la
portada?
–Pero va a andar en el DF. Deja le pregunto.
–Dice que tiene demasiado trabajo, pero que
sí se la avienta.
Y bueno, así comienza todo y en el cierre de
edición ya estamos nuevamente pensando que tal vez es una locura y que quién se
va a hacer cargo de la barra, y de la venta de los libros y que qué vamos a
hacer si no alcanzan a llegar de la imprenta…, y el ciclo de la angustia
vuelve, y si todo sale bien la alegría llega también, como una droga, y siempre
aparece gente que quiere colaborar porque sí, y en momentos volvemos a creer
que todo tiene sentido, y sí no lo tiene pues al menos somos ya muchos que no
nos interesa si tiene sentido o no, que nuestro gusto es, y quién nos lo
quitará.
Ahora,
con lo anterior pareciera que ha sido una ocurrencia y nada más. Pero la verdad
es que no sería así si fuera cualquier autor. Edgar ha estado todos estos años
en el fanzine, trabajando también en los servicios editoriales, y en todo ese
tiempo he seguido su escritura, sus gustos y sus obsesiones en la lectura. He
sido su fan (secreta), ésta es la única vez que lo diré, ya saben, luego los
escritores se inflan, y lo cierto es que lo que Lacolz escribe cabe
perfectamente en lo que deseábamos en la colección, así que desde ahora lo
declaro el padrino de ésta y a todos ustedes los testigos en este bautizo al Retrato esperpento.
En
la contraportada dice, sobre la
colección, que g latina presenta narrativa actual, vitaminada, lúdica, atrevida
y sin conservadores, que como decía antes, han sido los parámetros del fanzine:
la experimentación y la libertad con calidad literaria.
Sobre
la nivola ya no ahondaré, porque ya sé que todos quieren que hable el autor y
están aquí esperando a que yo termine, pero quiero decir algo sobre ella antes
de correr por una cerveza y festejar.
Recomiendo
al Retrato esperpento porque es divertida e irreverente.
Deben leerla porque este muchacho tiene una
habilidad grande para jugar con las palabras, para retorcerlas, y conseguir que
sean su herramienta lúdica.
La
recomiendo también porque hay mucho manoseo. Manoseo de otros textos. Si usted
no lee mucho o no lo suficiente podrá conocer otros textos literarios y no
literarios, eso sí, pasados por las intervención de Lacolz. Usted no sabrá qué
tanto es el texto original y que tanto fue el manoseo del autor, pero chance y
hasta lo haga ir a investigarlo, es decir, lo hará buscar a los autores a que
remite.
La
recomiendo también, porque si usted es cercano a Lacolz tal vez aparezca
caricaturizado como personaje. Y recuerde siempre que la literatura es ficción, en el momento en que narramos ya
estamos omitiendo datos o exagerando.
La
recomiendo, finalmente, porque tiene un final terrible que no deberán perderse.
Sí, todos mueren al final y cómo mueren.
No, esto último no es cierto, pero siempre
había querido decirlo en una presentación.
Felicidades
a Lacolz, y gracias a Germán, Fer, Aleida, Luisergio, Cecy, y a todos los que
estuvieron implicados.
Muchas gracias.
*La presentación del libro la realizamos en
una Quinta con alberca y palapa. Una tarde demasiado calurosa, en la que
llegaron más de 120 personas. Al terminar en la mesa de comentarios siguió la música, la
cerveza, la botana, la venta de libros, las firmas y más tarde la zambullida en
la alberca. Gracias a todos los que nos acompañaron.
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