lunes, 11 de mayo de 2015
sábado, 14 de marzo de 2015
Un domingo al mes. Crónica de una librería ambulante
Ruth Castro
Es domingo 1 de marzo. Un día cálido, pero de
esos en que todavía sales con un suéter “por si acaso”. Edgar y su sobrino Jonathan
pasan por mí a las 5:30 p.m. para ir a Matamoros, Coahuila; una pequeña ciudad
de La Comarca Lagunera aledaña a Torreón. Subimos las cajas a la camioneta y
nos vamos. Son 20 minutos de camino, más los que tardamos en localizar la plaza
principal.
En el breve viaje
pienso en mi gran habilidad para comprometerme en empresas del tipo “picar
piedra”. Tal vez no vendamos nada, tal vez a nadie le importe una lectura en
voz alta, y además es domingo, mi único día de “descanso”, y en el que
paradójicamente hago todo los pendientes caseros que se acumulan en la semana.
Le hablamos por
teléfono a Sergio porque estamos perdidos. Él ha sido el de la ocurrencia.
Después de que participara como cuentacuentos clown en la mayoría de las ediciones de Moreleando en Torreón, ha
pensado en hacer algo similar, por pequeño que sea, en su pueblo. Decir
“pueblo” es eso, un decir, porque Matamoros tiene más de 100 mil habitantes. Sergio
aparece corriendo, se sube a la camioneta y nos indica por dónde ir. Es muy
cerca de ahí, pero hay que dar un largo rodeo porque han cerrado una calle: la Pabellón.
Cuando llegamos ya
están instalados dos foros, uno para música y otro pequeño en el que leeremos
en voz alta y más tarde se pondrá una película de Miyasaki. Instalamos nuestra
mesita con libros debajo de un árbol enorme. La gente comienza a acercarse.
La Pabellón es una
de las cuatro calles que bordean la plaza, y el domingo es el día de paseo
familiar, de buscar un elote, una hamburguesa, una nieve. Señoras, niños y
jóvenes empiezan a ver los libros de nuestra mesa. En la otra cuadra se escucha
una bandita de rock que prueba el sonido. A la vuelta los Cachivaches preparan
su presentación y anuncian la primera llamada.
No he comido, así
que dejo a Edgar y a su sobrino con la gente que husmea los libros y me alejo
en busca de alimento. Entre las calles, los puestos de tacos se alistan; apenas
están prendiendo el carbón o instalando mesas y limpiando. No encuentro un solo
puesto que ya tenga comida lista. Más adelante entro a una fonda y pido una
hamburguesa, unas papas y una Coca. Normalmente no comería eso, pero es
domingo, ya son más de las 6:00 p.m., y el día de hoy mi hambre no distingue
entre grasoso y saludable. La señora que atiende me dice que no vende refrescos
desechables, que si quiero en envase de vidrio. Le pregunto si debo pagar importe
y ella me observa de manera extraña. Me dice que es simple, que se lo devuelva
cuando termine.
Aparezco nuevamente
en el stand de libros, con una sonrisa y una Coca en envase de vidrio: digan lo
que digan saben mejor que las de lata o envase plástico. Esta ciudad comienza a
gustarme. A nuestro puesto libresco se ha acercado más gente. Parece que
tuviéramos una nueva receta de conchitas preparadas. Jóvenes preguntan por
libros, señoras buscan alguno para sus niños también.
Hace un viento
cálido y se ha metido por fin el sol. El árbol que nos dio sombra un ratito
ahora oscurece demasiado el espacio. A unos metros de nosotros está un
arbotante apagado; esperamos a que lo prendan y nos movemos hacia él.
Lo que está
sucediendo parece una danza callejera: adolescentes tocan surf en uno de los
foros, un mimo reúne a un público expectante, una estatua viviente se presenta
como un hombre que levita, la caricatura japonesa inicia en una gran pantalla, y muchos de los libros que trajimos
se alejan en los brazos de la gente.
Le pregunto a
Sergio si hay librerías en Matamoros. Ni una sola. Una gran parte de la
población viaja todos los días a Torreón o a Gómez Palacio porque allá estudian
o trabajan. Si necesitan o desean comprarse un libro no pueden adquirirlo en su
ciudad.
Sergio Ayup
Rodríguez anda de un lado para otro revisando que todas las actividades se
realicen sin percances. Lo acompaña también el joven director de cultura
municipal, que lo ha apoyado en el proyecto. He olvidado lo que pensaba camino
acá. Ver a la gente entusiasmada por lo que sucede en la calle ha valido la
vuelta. Un chico aparca su bicicleta y está como poseído viendo títulos. Se
decide por tres, y no le importa si será un poco difícil maniobrar con los libros
en mano. Otro joven que carga un bebé está más que contento viendo portadas y
me indica cuáles ya ha leído. Quiere platicar. Quiere comentar que tal libro
describe un pasaje largo, largo sobre unos botines. Quiere decir que otro lo
dejó a la mitad, porque se encontró con uno que no le permitió dormir por días
hasta que lo terminó. Chicos de negro y de cabello largo preguntan por Stephen
King. Les muestro a Lovecraft y me dice uno de ellos que no sabe si está
preparado para dar ese salto. Se lleva Relatos
aterradores. Hay una constante: nos preguntan si volveremos todos los
domingos.
No me doy cuenta de
qué tanto tiempo ha pasado. Han tocado varios grupos de música, el mimo se ha
presentado varias veces y hace rato que acabó la proyección de la película. Son
casi las 10 p.m. Pienso en que la gente se alejará de la mesa de libros pronto.
Luego comienzan a desinstalar el sonido, a recoger las mesas. La gente no se
va. Quiere seguir viendo libros, siente curiosidad por cosas que no está
acostumbrada a ver en su ciudad. Quiere arte y quiere cultura. Pienso en que
nuestras acciones se replican de formas que no tenemos ni idea. Creo que
Moreleando nos ha transformado en un punto profundo, a un montón de personas.
Primero a todos los que participamos en él y no imaginábamos en qué podría
convertirse y en qué magnitud. Y obviamente ha modificado los hábitos sabatinos
de miles de personas en La Laguna. Creo que La Pabellón también puede hacerlo.
A mí me siguen
diciendo que la gente no lee, que los jóvenes no leen. Quizá en parte sea
cierto, porque ahora la lectura compite con la tecnología y con el
entretenimiento pasivo. Hay otros que dicen que ahora se lee más que nunca, y
se escribe más que nunca, porque en las redes sociales hacemos ambas cosas todo
el tiempo. No me embarcaré en esa discusión, pero creo que muchas personas leerían
más si tuvieran los medios a su alcance, si hubiera libros a precios accesibles,
y cerca de los lugares que frecuentan, si alguien pudiera recomendarles un
libro a su medida, si hubiera más programas de fomento a la lectura cerca de
sus casas o de sus centros de trabajo. Quizá Matamoros no tenga pronto una
librería, pero seguro tendrá libros y lectura en voz alta (y otras tantas
actividades) en La Pabellón, un domingo al mes.
Publicado en www.elastillerolibros.com
lunes, 9 de marzo de 2015
De escritura
El suplemento dominical La Soldadera, de El Sol de Zacatecas ha publicado unos textos míos en el marco del día de la mujer. Aquí los comparto.
http://issuu.com/cidpublicaciones/docs/la_soldadera_18
viernes, 2 de enero de 2015
De algunas de las cosas que tomé por buenas el año pasado y de lo que resultó de ello
Tengo una atracción desmesurada por la manera en que titulaban antiguamente. El viajero y cronista Alexander O. Exquemelin, en su libro Piratas de la América y luz a la defensa de las costas de las Indias Occidentales (1681)(1) titula uno de sus apartados: “Descripción de la isla de la Tortuga, de sus frutos y árboles, y de qué manera poblaron allí los franceses dos veces, y fueron echados los españoles de ella, y cómo el autor de este libro fue en ella vendido en dos ocasiones”. Se trata de un título que no alude a ningún tema, sino, literal, es un resumen del contenido.
En Ensayos(2), de Michel de Montaigne, publicado en 1580, hay otros, menos largos, pero igual de encantadores: “De cómo el alma descarga sus pasiones en objetos falsos cuando los verdaderos viénenle a faltar”, aunque a veces pueden ser simples como: “De la tristeza” u otros estupendos como: “De cómo lloramos y reímos por una misma cosa”. Esto emula García Márquez, ya en el siglo XX, con La increíble y triste historia de la Cándida Eréndida y su abuela desalmada. No pondré más ejemplos porque me llevaría páginas enteras, y ahora los lectores, dicen, quieren concisión y brevedad. Y lo siento, pero a mí más bien se me da la digresión, el circunloquio y el zigzagueo, es decir, que me desvío del tema principal a la menor provocación, por eso me es tan entrañable Montaigne, y el ensayo como género. No el ensayo académico, no el literario que analiza una obra o un autor, sino el ensayo como eso, como ensayo de las ideas.
Por dicha atracción he titulado este texto-ensayo-comoquieranllamarlo así de largo y de difuso. Y que bien podría haberse llamado “De cómo dejé mi trabajo y qué pienso de ello” o “De quien se hace llamar artista y de quien lo consigue” o “De cómo ahora disfruto de mi tiempo libre” u otro que se le ocurra a quien termine de leerlo.
Así pues. Ya no quise trabajar en un museo. El museo no tenía la culpa, digo, nadie tenía la culpa, porque de entrada “culpa” es una palabra horrible, pero yo no tenía qué hacer ahí. Por poco me convencen de los bonos, el seguro médico, las prestaciones y el aguinaldo. Por poco me persuaden los comentarios de quienes dijeron que es el trabajo que muchos querrían tener. Y tal vez tuvieran razón, es decir, que es un buen empleo, pero no era bueno para mí porque entraba temprano y salía hasta que ya se había metido el sol, porque a veces trabajaba en fines de semana, porque no me quedaba tiempo para hacer otras cosas, porque, entre otros muchos detalles, tenía un compañero que creía ser mi jefe y nunca entendió que no lo era y, en resumen, porque es un puesto que no tiene relación con la literatura ni con los libros(3).
Algo me parecía triste: como en otros empleos relacionados con la cultura, estaban quienes hubieran querido ser artistas. Y me he dado cuenta de que hay distintos “artistas”, quienes lo son por su labor creativa y estilo y perspectiva y luego, su trayectoria, y otros que también llegan a serlo porque son personas muy necias y aferradas que se autoconvencen de que lo son o lo serán, y que ese es su trabajo en el mundo. Están, por otra parte, los que no llegan a serlo porque titubean y demasiado les preocupa si podrán sobrevivir como “artistas”, o quizá, también, son quienes tienen la creatividad suficiente pero les resulta más cómodo tener un sueldito cada quincena en la tarjeta. Y si finalmente cada uno aceptara que será o no artista ¡pues no habría problema!, pero quienes sólo lo desean, muy en el fondo de sí, guardan mucha frustración frente a quien logra colgarse la etiqueta de “artista”, porque suelen ser quienes deben ayudar a que el trabajo artístico sea exhibido o difundido.
Lo entiendo perfectamente porque también me ha pasado; ya que me he propuesto ser sincera, contaré que, por ejemplo, muchas veces he tenido que corregir textos de quien se dice escritor, investigador, etc., que no lo son por oficio, sino porque tienen los medios económicos para figurar, y porque tienen la temeridad de autonombrarse “escritor”, “investigador”, etc. Y para mí ha sido realmente desgastante dedicar tantas horas de mi tiempo para pulir y enderezar las palabras de otros(4). Me cuesta sobre todo con quien escribe muy mal(5), porque es un trabajo agotador que requiere de horas-vista, lo que significa que quedo tan cansada de los ojos que luego no puedo leer algo que dejé pendiente en mi buró para antes de dormir.
Este año, en la corrección de un texto (omitiré toda referencia), su autor me dijo: “Lo que haría yo si tuviera tu edad, tu formación literaria, todo lo que podría escribir. Yo comencé muy grande a escribir, pero ahora lo hago todos los días y dedico por lo menos 4 horas diarias a ello”. No olvido estas palabras porque sólo confirman algo que sé muy bien, y que se ha quedado en el plano de las cosas sabidas que no habían hasta entonces repercutido en mis decisiones. ¿Quién me dijo a mí que sólo podía editar libros?, ¿quién me dijo que mi escritura podría esperar más tiempo?, ¿quién me ha hecho creer que debo aceptar todos los trabajos de corrección por más impracticables que sean (y a veces hasta mal pagados)? Hay una pequeña (o gran) dictadora en mí misma. He sido mi propio verdugo.
Este 2014, pues, decidí que ya no quería trabajar en algo lejano a lo mío, que quería mañanas libres en las que pudiera tomar el sol, leer, escribir o salir a desayunar, que necesitaba un trabajo en el que pudiera hacer eso y en el que estuviera contenta. Y creo que he tenido mucha suerte, porque no cualquiera puede lanzarse a la aventura de dejar su empleo a ver qué sucede. En parte porque la gente acumula deudas y no se imagina sin su depósito quincenal. Y también sé por qué, durante mucho tiempo, acepté correcciones infames; desde hace años pago mis propias cuentas y cuando estás en esa posición no puedes darte el lujo de decir que no a un trabajo: los recibos te esperan en casa. Tal vez si hubiera crecido en otras condiciones me habría propuesto escribir y tener un libro publicado desde los 20 años (como Ben Brooks, que a sus 22 tiene siete buenas novelas publicadas y me deprime sólo pensarlo), o tal vez no hubiera hecho nada porque habría sido todo muy cómodo. Pero esas son experiencias ante las que no puedo hacer nada ahora, y de alguna forma las agradezco porque aprendí a ser autosuficiente e independiente desde muy joven.
Siguen sorprendiéndome las personas con exceso de autoconfianza que, aun cuando no saben escribir bien o no han publicado algo relevante, mandan a hacer tarjetitas de presentación en las que bajo su nombre aparece la consigna de “escritor” (por poner un ejemplo en el caso de la escritura, supongo que los hay en todas las áreas artísticas). Me sorprende porque muchas veces son personas que no escriben, pero que tienen el deseo de hacerlo, y entre si lo logran o no, se presentan como tales, como si a fuerza de repetición y de correr la voz se consiguieran un título.
Lo que he dicho en ocasiones a mis alumnos de literatura es que sí, es importante creérselo porque es posible que estas personas, bastante tenaces y aferradas, lo logren con el tiempo, porque serán (quizá) igual de aferrados para sentarse todos los días a escribir e irán mejorando; mientras que algunos atildados con la creatividad de su lado serán absorbidos por la cotidianidad, por el trabajo, y terminarán creyendo que es la única opción en su mundo posible: ser un empleado de ocho horas diarias. El deseo, pues, se aletarga y adormece cuando el sueldo permite comprarse una casa, un coche, una pantalla gigante y hacer un viaje al año.
Yo estuve, en diferentes ocasiones, a punto de ser absorbida por el hoyo negro del confort; y no me refiero a que ahora me guste batallar, a nadie le gusta batallar, me refiero a preferir quedarse en donde hay cierta seguridad económica sin intentar hacer lo que se quiere hacer; finalmente, la vida es una, una nada más. No quiero ofender a nadie, supongo que hay gente a la que le va muy bien vivir una rutina y tener aunque sea una seguridad en este mundo de incertidumbres. Pero a mí me estaba matando la duda.
De tanto en tanto vuelvo a un libro que leí hace años: Utopía, de Tomás Moro. He vuelto a él porque desde entonces me maravilló la forma en que se describe el trabajo en aquella isla que no ha tenido lugar. Todos los ciudadanos aprenden agricultura y tienen derecho a elegir otros oficios, según sus gustos y habilidades y las necesidades colectivas. La jornada laboral es de seis horas, que son las suficientes para proveer a la comunidad de lo indispensable. De las horas que les restan del día, ocho son para dormir y las demás son libres aunque propicias para realizar actividades que desarrollen la creatividad y la inteligencia, como las artes y la ciencias.
¿Cuántas horas de terapia nos ahorraríamos si tuviéramos tiempo de ocio?, ¿cuánto estrés se aliviaría si tuviéramos como derecho tomar clases de literatura, música, pintura, escultura, danza, e incluso otras actividades que a menudo asociamos con la jubilación: tai chi, tejido, cocina, ajedrez?, ¿cuánto bien haría a la gente salir a caminar un rato por las mañanas? No lo sé, pero a mí el tiempo de ocio me está cayendo de lujo. Mi cuello se contractura menos, mi estómago dejó de sufrir tanto, los dolores de cabeza van siendo más esporádicos y he vuelto a dormir. Deseo lo indispensable, y lo que me hace sonreír últimamente guarda poca relación con la lógica esclavizante del dinero.
Ojalá que mañana no me digan que padezco una enfermedad terminal y entonces tenga que retractarme de lo aquí escrito y arrepentirme de haber rechazado el seguro de gastos médicos. De todos modos, siempre queda el suicidio como opción, aunque en caso de enfermedad terminal se llama eutanasia; entonces anhelaré que pronto en México sea legal.
1 Exquemelín, Alexander O., Piratas de la América, Edición y prólogo de Manuel Sol, CONACULTA, 2012
2 Montaigne, Michel de, Ensayos I, Edición de Dolores Picazo y Almudena Montojo, REI, 1993
3 A excepción de lo que pude escribir en el blog del museo (www.museoarocena.com/blog), y que hubiera podido hacer todo el tiempo, por ejemplo, si alguien no quería escribir su nota yo habría podido escribir notas anónimas.
4 No se piense que sólo he corregido textos como los que describo. Acepto con gusto un oficio que he aprendido a querer, y sobre todo, acepto editar libros en los que se me permite meter mi cuchara para que queden mejor, acepto también los de contenido disfrutable y, por supuesto, los que pagan decentemente.
5 Más de uno se estará preguntando a quién me refiero, pues he editado los textos de un gran número de autores locales en distintos proyectos, pero no es personal. Si supieran que en mis tiempos más austeros redacté, con ayuda de otra persona, hasta una tesis de maestría en Derecho. Lo cual es una aberración por el hecho de que alguien más se tituló con esa tesis, pero llega a enorgullecerme en algún sentido porque nunca tomé una sola clase de derecho.
miércoles, 10 de diciembre de 2014
Tomás ha muerto
Tomás ha muerto. Es por eso que pretendo ahora contar parte de su
historia, de su historia conmigo.
Me has preguntado que cómo lo conocí, qué cómo lo
traje a vivir a mi casa, y todo lo que tú sabes, aunque lo que conoces y has
visto ha sido una historia desordenada a la que has hecho juicios, a mi ver,
injustificados, pues nunca sentiste simpatía por él. Tendría que explicarte
cómo fueron sucediendo las cosas entre él y yo para que quizá puedas comprender
lo que realmente sucedió. Sí, explicarte de otra forma a la que ya sabes.
No recuerdo bien dónde y cuándo lo conocí, es
decir, tal vez entre mis recuerdos se encuentran aromas y colores, pero no
nombres ni fechas. Sé de cierto, que nos cruzamos de frente en una calle; yo
entonces iba sumergida en unos pensamientos frágiles, de esos que van saltando
de un borde a otro, cuidándose del precipicio que hay en medio, y justo cuando
uno de mis pensamientos intentaba saltar sobre otro me topé con su mirada. Debo
admitir que me tomó por sorpresa, tanto que perdí la concentración que ya había
ganado después de caminar y caminar durante un rato. Sin embargo, el cruce de
miradas duró un par de segundos y seguí de largo.
No recuerdo cuánto más había caminado cuando
advertí que me seguía; sus pasos no se habían escuchado detrás de mí, pero él
pasó por un camino de yerba seca que yo esquivé y fue cuando escuché un pequeño
crujir. No volteé, pero estaba segura que él se había dado cuenta de que yo
sabía que iba siguiéndome. No sentí miedo, eso lo recuerdo bien, dejé que
continuara como si fuera un juego entre ambos. Aunque ahora que lo pienso, no
podría asegurar del todo si en el fondo un poco de miedo se coló en mí, y
terminó por mezclarse con curiosidad.
Caminé hacia mi casa. Frente a la puerta me detuve
a buscar la llave y entonces escuché por primera vez su voz, un murmullo que no
entendí. Paralizada esperé. Se acercó despacio hasta quedar de frente y yo le
lancé una de mis miradas más profundas, él inclinó un poco su cabeza hacia la
derecha y me sostuvo la vista también, como entendiendo que a partir de ahí el
resto se trataría de comprendernos en silencio.
Sí, lo dejé entrar, y ya sé que me dirás que fue
precipitado, que suelo actuar así, que a veces no pienso, pero la verdad es que
fue una intuición, una percepción inmediata. Me dirás, también, y casi puedo
escucharte, que pude haber actuado de esa manera porque entonces me sentía
sola, pero no, yo ya te he hablado de que la gente confunde tristeza y soledad
con melancolía.
Lo dejé entrar, le invité algo de beber y después
estuvimos sentados en la sala. Le hice saber desde entonces que esa sería su
casa también. Él parecía a gusto. Había entre los dos un silencio confortable.
Esa noche Tomás se quedó en mi casa, ¿qué cómo sucedió? No lo sé, y temo dar
una respuesta que dé una idea equivocada, sólo me sentí muy a gusto con su
presencia.
Sé que los detalles te aburren, pero recuerdo que
salíamos al jardín (¿en realidad debo decir que yo salía al jardín y él siempre
iba con pasos silenciosos detrás de mí?) y como parte de mi ritual cotidiano de
cada tercer día, abría la llave y me quedaba viendo unos segundos cómo llegaba
el agua hasta la punta de la manguera y cómo la tierra suelta comenzaba a
oscurecerse, cómo el agua iba haciendo pequeños canales buscando expandirse y
era hasta que el olor a tierra mojada invadía el jardín que yo me sentaba en
una cómoda silla playera para leer. Tomás se quedaba viendo el agua, aun
después de que yo ya estaba leyendo, pero sin mojarse, sin acercarse demasiado.
Observaba fijamente el correr del agua entre el pasto y las plantas, solía
distraerse fácilmente con un bicho o seguir con la mirada a los mosquitos y
después caminar hacia mí y acomodarse en una silla idéntica, contigua a la mía,
luego dormitaba un rato sentado, no volvía a abrir los ojos hasta que yo me
levantaba a mover la manguera o a cerrarla, y entraba a la casa del mismo modo
que habíamos salido.
Me acostumbré demasiado
a él, a su silenciosa compañía, porque entonces yo podía hablar y hablar y
tener la impresión de que hablaba con alguien aunque supiera que él sólo
escuchaba. Incluso podía llegar a asimilar que él ni siquiera me estaba
escuchando, pero fue quien desencadenó que cada vez hablara y me contestara yo
misma, que hiciera una recuento de historias del pasado y que en cada recuento
acomodara sutilmente las palabras como acomodar latas en la alacena, tal y como
quería que se fueran fijando en mis recuerdos. Así, como te hablo a ti ahora.
No siempre se quedaba
conmigo. Algunas veces tardaba varios días en regresar. Y yo, la verdad, le
dejaba la puerta de la cocina abierta, por si volvía. Cuando regresaba no le
pedía explicaciones, lo abrazaba cálidamente y le hacía saber que esa seguía
siendo su casa. Y sí, has de pensar que qué loca y que sola estaba. Sí lo
estaba, sí lo estoy, porque además, si quieres que te cuente de nuevo ese
episodio, si quieres que vuelva a narrarlo buscando las palabras exactas, o no,
buscando las palabras más adecuadas, las que se vayan acomodando mejor cada
vez, te digo que una ocasión volvió en la madrugada, todo golpeado. No se
quejaba, no le pregunté quién ni cómo. Salí de inmediato a buscar medicamentos
y alicientes para sus golpes y regresé a curarlo. Estuvo varios días en cama,
casi no comía. Yo aproveché para quedarme junto a él, para contarle otras
historias, unas vividas, otras inventadas. Él como siempre, me veía, me
proporcionaba una quietud que no se puede comparar con nada.
Pensé que se aliviaría, y así fue. Comenzó a comer
un poco. Regresó su buen humor y sus miradas tiernas. Todavía salimos al parque
unas cuantas ocasiones más, como aquella primera vez, yo fingiendo que él no
iba, él haciendo unas pausas detrás de mí, sin alcanzarme totalmente, pero
sabiendo que andaba detrás.
Luego llegó ese día. No apareció en la mañana, ni
en la tarde, ni los siguientes dos días. Pero esta vez sabía, lo sabía. Salí a
buscarlo. Nunca antes lo había hecho. Recorrí calles, le gritaba. La gente
lanzaba esa mirada a la que ya me he acostumbrado, desde que éramos chicas,
recuerdas, cuando mi madre me decía que dejara de hablar sola, pero yo te veía
y tú me sonreías y me decías con que no dijera nada, que ellos no entendían.
Lo
encontré en un callejón, en el suelo, sin movimiento. Yo lo sabía, esperé a que
anocheciera, lo cargué hasta la casa. Y luego tú me acompañaste a enterrarlo en
el jardín. No lloré, yo ya no lloro desde hace mucho. Pero sigo dejando abierta
la puerta de la cocina.
domingo, 23 de noviembre de 2014
Duermes más cuando estás triste...
Llueve afuera. Llueve adentro.
Ella recuerda una noche en la que primero no llovía.
Alguien llamó al teléfono. Ese amor, mantenido hasta entonces como un
eco a la distancia. Una voz. Una pregunta.
Ella sale a la calle.
Él se impacienta, se levanta de la cama y la sigue; ha notado su
inquietud.
Ella balbucea, un sí, un no, un estoy bien, pero…
El que se ha levantado de la cama pregunta quién llama.
Ella camina sin responder y sin colgar. La voz advierte el peligro.
Silencio en el auricular. Ella vuelve sus pasos más largos. Quiere mantener la
voz…o el silencio. La respiración a distancia también es lenguaje.
Él la alcanza. La observa con una mirada desconocida.
Ella se despide. No sólo por el auricular, también de quien tiene
enfrente. Ha llegado el momento de confesar sin palabras. De narrar el último
viaje con un silencio largo. Un amor. Una voz. Un placer que no puede
nombrarse, que cala porque es ausencia.
Él la agita de los hombros. Necesita que hable.
No hablará. Esa historia es lo único que le pertenece.
Él le pide que vuelvan a casa. Ella mueve la cabeza con una negativa.
Debe caminar. Comienza a llover. Una lluvia menudita que parece que no moja.
Ella vuelve a andar. Ahora a pasos cortos.
Él la sigue sin hablar. En ese momento las palabras no tienen
resonancia.
Luego de un rato él se desespera. Quisiera golpearla. Se contiene. Ella
parece notarlo y retoma el rumbo a casa.
Al llegar, ella toma una almohada y se tira en el sofá. Se acerca una
sábana. No se cambia de ropa. Tiene frío.
Ambos están mojados.
Él no podrá dormir. De ahora en adelante no podrá dormir.
Muy pronto ella entra en un sueño profundo, donde una voz a lo lejos la
espera. Una mirada quieta la tranquiliza.
Pero él sigue sin dormir, y no permitirá que ella duerma en paz. Prende
la luz. Jala la sábana que la cobija.
Ella despierta, vuelve a taparse y se cubre la cara.
Él apaga la luz. Enciende nuevamente. Jala la sábana, la toma en los
brazos, la levanta a la fuerza. Ella intenta despabilarse del sueño. Él le
suelta un golpe que la empuja hacia el sofá.
No dice nada. Ninguno dice nada. Él murmura “puta” por lo bajo.
Ella sonríe mientras se soba la mejilla que pronto se hinchará. Ella
murmura o imagina que murmura “no soy puta, y lo sabes, pero tú has sido un
hijodeputa, y lo sabes”.
Él parece adivinarlo; se enciende y levanta la mano, con un coraje que
cada vez es menos contenible. Ella lo mira a los ojos y gira un poco el rostro
para que le pegue en la otra mejilla.
Él llora. Ella lo llama cobarde.
Él llora más fuerte, como un niño.
Ella le regresa el golpe. Le dice o cree decirle: “no diré ‘lo siento’,
no tengo por qué, tú lo has hecho otras veces, porque sí, en secreto”.
Él apaga y prende la luz. Apaga y prende la luz. Como en una regresión a
su infancia. Llora.
martes, 14 de octubre de 2014
Siniestro
¿qué hacer con un sistemas de músculos,
nervios y huesos
que se ha vuelto confuso y no encuentra el orden:
cuando el pensamiento no importa y la piel y la forma
reclaman su
presencia urgente: cuando lo que hay que resolver
es cómo colocar los
brazos al dormir?”
Angelina Muñiz-Hubberman
Supongo que la gente común sabe y siente
que los brazos son extensiones de sí. Pero yo tengo la certeza de que mi
brazo izquierdo se equivocó de cuerpo. Mi brazo derecho se amolda
perfectamente a mí, de pie, en la cama, en el sillón, pero el otro no.
Si lo dejo hacia abajo al dormir, con la mano junto al muslo, se
adormece y despierto con el brazo acalambrado. Si duermo con el brazo
hacia arriba, debajo de la almohada, llega un momento en que mi cabeza
queda encima y me duele más. Como que este brazo izquierdo no es mío.
Las más de las veces se niega a hacer lo que le pido. Será porque es el
siniestro, y siniestras son sus motivaciones. No será de extrañar, pues,
cuando lean la nota en el periódico: “Extraño caso de suicidio: mujer
se asfixia con su propia mano”.
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